Por Luis Buero
Por alguna razón, establecido un vínculo entre dos personas, se despliega (a veces inconscientemente) una lucha de poder. En los trabajos, las relaciones de producción generan roles asimétricos: hay un patrón y un empleado. En los matrimonios o noviazgos, hay una igualdad de derecho y de hecho, sin embargo nuestra inseguridad e impulsos egoístas a veces intentan reproducir, al menos fantasiosamente, la dialéctica del amo y de esclavo.
Uno de los sentimientos más comunes que provocan que uno de los dos (o los dos) intente coartar, disminuir o directamente cancelar la “vida fuera de la pareja” del otro/a, son los celos.
Sí, celos. Los celos nacen de un exagerado egocentrismo infantil que todos podemos padecer en algún momento. Es un intento de apoderarnos del deseo del otro para que sólo esté dirigido hacia nosotros mismos. Nuestro sueño es ser el exclusivo centro de atención de la persona que dice amarnos, repitiendo de modo imaginario una posición que supuestamente tuvimos cuando estábamos en los brazos de mamá, allá lejos y hace tiempo. Sin embargo esa reivindicación del ser un Todo con alguien (mamá aquella vez, o la media naranja hoy) es algo imposible de lograr. Y siempre lo fue. Ya mucho nos dolió, como puñalada artera en pleno narcisismo, descubrir en aquellos años en que calzábamos pañales, que mamá tenía marido, otros hijos, y además alumnos de piano, y hasta una foto escondida de Humphrey Bogart.
Por eso ahora, cuando la novia o el esposo utiliza una porción de “nuestro tiempo” para visitar a su abuela, charlar con los amigos en un café, jugar al tenis con los sobrinos, dedicarse a la política, a un hobby cualquiera, o pasa demasiado rato escribiendo en su computadora o paseando el perro, un lejano malestar nos remite a esa angustia de no ser elegidos como únicos full time, esa sensación fulera que ya sufrimos antaño.
Ahora bien, ese abandonar totalmente la vida que teníamos siendo solteros, es en parte un auto-secuestro afectivo.
Sí, nuestra debilidad, el querer evitar reclamos, caras largas, escenas de cuartel, es lo que nos hace cercenarnos y dejar de llamar o ver a esa gente que solíamos frecuentar. Y así nuestro mundo se va empequeñeciendo, pues nadie puede darnos todo lo que necesitamos, y nuestra inserción creativa en la sociedad va siendo anulada, mientras nos sentimos morir asfixiados. Si nuestro rol, en cambio, es del “secuestrador”, sufrimos al querer controlarlo todo inútilmente.
¿Soluciones? El desaparecido en acción debe volver a la película y no dejarse castrar, cueste lo que cueste. El celoso/a necesita entender que puede prescindir de ese objeto de deseo y seguir viviendo igual.
También debe reflexionar sobre la altísima dependencia afectiva que tiene hacia ese otro/a. Y finalmente comprender que aunque es común que sospechemos que nos van a dejar por otro, lo que siempre ocurre, es que nos dejen por nosotros mismos.



1 comentario:
no hay palabras... sólo muchas gracias.
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