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6.19.2008

Voy a compartir esta historia de "premio turístico", porque a mi me han llamado taaaaantas veces....


...pero como sé de qué va la cosa, nunca he ni siquiera dejado que me expliquen por teléfono. Siempre les digo. Gracias. No me interesa el premio.

Y le digo a la muchacha que sé que ella solo hace un trabajo, que sé que ella no tiene la culpa de nada, pero que por favor borre mi hombre de la lista. De vez en cuando incluso, llaman a mi marido muerto hace casi cinco años a su teléfono celular ( que es el que ahora yo uso) para decirle que se ganó un crucero y cuando les digo "No. El se murió! "se quedan mudos...Les suelto el discurso de que no quiero que me llamen más y como además siempre me dicen mi amor y mi reina, les agrego que no me digan así, que no tienen por qué porque no los conozco.
Ay...
esas llamadas telefónicas inoportunas....y tanta gente que se ha ido como este señor...

Pero bueno...sin más preámbulo la historia, que él la cuenta muy bien!

Julia



Breve historia del intento de estafa de una empresa ¿turística?

Por Giovanni Beluche V.

Escribo estas líneas para prevenirles de caer en manos de estafadores y mentirosos que venden ilusiones al pueblo incauto. Les contaré en breve mi propia experiencia con la empresa VIC (Vacations International Club inc.), así en inglés que da más caché. La mencionada empresa tiene oficinas en San José, Nicaragua y Florida. Y uso concientemente la palabra estafar, en su significado establecido por la Real Academia Española de la Lengua, a saber:

Estafar:
1. tr. Pedir o sacar dinero o cosas de valor con artificios y engaños, y con ánimo de no pagar. 2. tr. Der. Cometer alguno de los delitos que se caracterizan por el lucro como fin y el engaño o abuso de confianza como medio.

La historia empezó el lunes 16 de junio de los corrientes, cuando en horas de la tarde recibo la llamada de una muchacha que sin identificarse conoce mis teléfonos, nombre y quién sabe si hasta mi manera de roncar. Me dice que me he ganado un viaje en crucero por El Caribe, para dos personas y que sólo tengo que presentarme a retirarlo. Como las empresas privadas difícilmente regalan nada, le pregunté su nombre y me dijo que se llama Carolina Cervantes, le pregunté el teléfono de su empresa y me dio el 2221 7379. Le advertí que no tengo interés de que me vendan nada, ni siquiera la cinta que usó Oscar Arias al asumir su segundo (y ojalá último) mandato. Carolina me aseguró que no se trataba de ventas.

También le pedí a la jovencita que me dijera si yo debería pagar alguna suma de dinero al retirar mi "soñado" viaje por El Caribe. Me juró que únicamente debería correr con los impuestos de abordaje, que se le pagaban al ICT al momento de subirme al crucero del amor o a quien sabe cual de sus variantes. Con estas aclaraciones hechas acepté asistir a las oficinas al día siguiente. El martes 17 de junio, dudé toda la mañana debido a que tengo mucho trabajo pendiente. Casi al mediodía recibo una nueva llamada, ahora de una joven llamada Mónica Barrantes, quien me insistió que la Licenciada (no dijo en qué) Carol Rodríguez me estaba esperando para poner en mis manos el famoso premio.

Como soy orgulloso de mi sangre autóctona, apliqué otra vez la malicia indígena y le pedí el número de teléfono de la tal licenciada, que responde al 2257 6551. A estas alturas ya no podía perder más que mi tiempo y mi paciencia, preciados dones en la sociedad de hoy, pero me decidí y me fui en bus para no incrementar la factura petrolera del país. Disfruté mi caminata por el boulevard de la avenida central, vacas incluidas (Cow Parade le dicen los entendidos) y tristemente noté cómo cada vez hay más gente pidiendo dinero en las aceras. ¿Serán parte de los perdedores del TLC? Así llegué a un segundo piso de un pequeño edificio ubicado en una calle de las que uno camina de día, pero de noche no se detiene ni aunque te pidan la hora. Soñando con el azul turquesa del mar Caribe me presenté ilusionado a la recepción, donde otra señorita me dijo, sin que mediaran saludos, que podía pasar porque me estaban esperando.

La Licenciada Carol no estaba, pero me atendería otra persona. Sin más preámbulos, me pasan a un escritorio de esos que a leguas se ve que no tienen dueño, que sirven para que lo ocupe el vendedor de turno. Esta vez la función le correspondió a una muchacha peliteñida de mal gusto, yo no sabía si teñía las raíces o el pelo, pero a fuerza de ser sincero, más parecía salida de un cabaret que "ejecutiva" de ventas. No se identificó, y cuando ya lanzaba sus primeros argumentos la interrumpí y le pregunté su nombre, me dijo llamarse Karen (a secas).

Sin preguntarme a qué había venido, empezó a disparar ráfagas de palabras. Yo intentaba retener algunas de ellas, aplicando la táctica de quedarme con cada idea general ante la imposibilidad de acompañar su vertiginoso discurso. Y así escupió sonidos durante cerca de 10 minutos seguidos. Yo estaba tan asombrado de su capacidad de producir saliva y de aguantar la respiración que ya ni le ponía atención. Porque imagino que no se puede hablar a ese ritmo y respirar a la vez.

Lo que yo sí lograba retener era que a cada pausa de tres segundos, ella cambiaba de tema e iniciaba diciendo algo así como: "y también le vamos a regalar…" Claro que al tercer regalo ya yo veía al prometido crucero levar anclas sin mí abordo. Me regaló tarjetas VIP (Vivazos Irrespetan a Pendejos), me hizo miembro de varios clubes de esos que la mayoría de los mortales vemos por fuera, me inscribió de gratis en varias cadenas de hoteles alrededor del mundo y no sé cuantas más peripecias. El asunto es que yo pasaría viajando de gratis por mis próximos seis años. Eran tantos los regalos que ya empezaba a arrepentirme de no haber ido en carro, pues en bus y atravesando chepe sería un poco difícil cargar a cuestas con tanta bondad.

Cuando la verborrea llegó a su fin me di cuenta de que todos los regalos tenían un precio y me percaté que ya no recordaba ni por que estaba allí, mucho menos los obsequios del cielo, el mar, la tierra y las estrellas con que me había prometido la felicidad aquella rubia de raíces multicolores. Me dijo que sólo un pequeño detalle me separaba de la felicidad, que desembolsara algo más de quinientos dólares en el acto y estaría tocando el cielo a partir de mañana mismo. Le expliqué a la señorita metralleta que, por si no lo sabía, una parte de los costarricenses no andamos esa suma en el bolsillo, ni tampoco vamos a soltar la tarjeta de crédito si pensarlo mucho. Le pedí por escrito sus promesas para consultarlo con la almohada y me dijo que o firmaba ya o me despidiera del crucero.

¡Para qué fue eso!, de repente pasé de ser el deseado cliente del que la peliteñida sacaría una jugosa comisión que gastarse el próximo fin de semana, en quién sabe que bar de mala muerte, a ser el culpable de que ella hubiera perdido su valioso tiempo. A esas alturas yo tenía la impresión de que la yegua estaba detrás de la carreta (yo era la carreta, que conste), algo andaba al revés.

Y claro, lo que había sido una vigilia silenciosa en mi papel inactivo durante toda la sesión, dio paso a mi lógico y airado reclamo por la mentira de la llamada, la mentira de la segunda llamada, la pérdida de tiempo, el traslado hasta la zona circunvecina al mercado que lleva el nombre de una gaseosa gringa, el dolor en los oídos por la cháchara de la casi plumífera lora de garganta incansable, por el saber que mis datos personales pasan de mano en mano a cambio de unas monedas que de seguro pagan estas empresas sinvergüenzas. Y sobre todo, porque si quería ver un crucero tendría que conformarme con ir al muelle de Limón para observarlo desde afuera, cargado de cheles regordetes.

La discusión subió de tono y me encargué de que quienes estuvieran esperando turno se evitaran la penosa experiencia que yo había tenido que soportar. Al protestar vehementemente pensé en la cantidad de ciudadanos que semana a semana sufren la burla de las irrespetuosas empresas de turismo, tiempos compartidos, vacaciones en cruceros, tiempos vacacionales y demás jerga inventada. Todos son lo mismo, invasión a la privacidad y jugar con las ilusiones de la gente. Me pregunto qué hacen al respecto el ICT y la CANATUR, no creo que mucho si ambas instituciones han permitido la destrucción de nuestras riquezas naturales en nombre de la libre empresa. En un país en que muchas empresas turísticas le declararon la guerra a la naturaleza y dejan sin agua a las comunidades para mantener verdes sus canchas de golf, ¡qué importa que estafen a más de un iluso!