Una historia que no deja de doler.
Alex Barquero fue acusado por una niña de tan sólo 9 años de haberla violado y dejado embarazada. La niña vivía en Costa Rica y era nica, su madre y su padrastro denunciaron el hecho. Hubo un acusado, absuelto por falta de pruebas. Se trataba de Alex, un campesino de Turrialba ( en la foto)
Alguien tuvo la osadía de sospechar del padrastro. Se le acusó de xenofóbico. No era para menos, esa ha sido práctica usual de este lado del río. La niña fue "rescatada" por organizaciones humanitarias y feministas, junto a su familia, y ayudada a abortar en Nicaragua. Se trataba de que estuviera a salvo de nuevas agresiones. Que tuviera una niñez normal y feliz. Todo el mundo opinó acerca del tema. Mucha gente usó esta privada situación como ejemplo para alimentar sus causas y luchas . Algunas justas, otras no.
Hace poco se supo que Rosita, ahora de 14 años, había dado a luz. El padre resultó ser el padrastro. El mismo que supuestamente tenía que amarla y cuidarla. La madre no lo podía creer. Según las noticias, está desolada. La realidad fue demasiado cruda para caber en el corazón de mucha gente bienintencionada. Rosita explicó, ahora más grande, que en Costa Rica había sido el mismo marido de su madre quien la había violado y dejado embarazada y que Alex Barquero era inocente.
Del caso sé se editó un libro y se hicieron dos películas. Las tres obras apuntaban a señalar a Alex como culpable. Unas más claramente, otras más disimuladamente. Todas creían en el amor que le tenían quienes cuidaban de ella en su hogar. A la niña se le tenía que creer. Así rezan los manuales para este tipo de asuntos.
Ahora, Alex, en Turrialba, la perdona. Era sólo una niña. Dice. Fue manipulada.
Una historia de la que se desprenden cantidad de lecciones. Personalmente me ayuda muchísimo a explicarme incluso situaciones cercanas, a recordar que no todo es blanco o negro y que precisamente en los matices de gris se esconde muchas veces la verdad.
Sigamos aprendiendo.
Alguien tuvo la osadía de sospechar del padrastro. Se le acusó de xenofóbico. No era para menos, esa ha sido práctica usual de este lado del río. La niña fue "rescatada" por organizaciones humanitarias y feministas, junto a su familia, y ayudada a abortar en Nicaragua. Se trataba de que estuviera a salvo de nuevas agresiones. Que tuviera una niñez normal y feliz. Todo el mundo opinó acerca del tema. Mucha gente usó esta privada situación como ejemplo para alimentar sus causas y luchas . Algunas justas, otras no.
Hace poco se supo que Rosita, ahora de 14 años, había dado a luz. El padre resultó ser el padrastro. El mismo que supuestamente tenía que amarla y cuidarla. La madre no lo podía creer. Según las noticias, está desolada. La realidad fue demasiado cruda para caber en el corazón de mucha gente bienintencionada. Rosita explicó, ahora más grande, que en Costa Rica había sido el mismo marido de su madre quien la había violado y dejado embarazada y que Alex Barquero era inocente.
Del caso sé se editó un libro y se hicieron dos películas. Las tres obras apuntaban a señalar a Alex como culpable. Unas más claramente, otras más disimuladamente. Todas creían en el amor que le tenían quienes cuidaban de ella en su hogar. A la niña se le tenía que creer. Así rezan los manuales para este tipo de asuntos.
Ahora, Alex, en Turrialba, la perdona. Era sólo una niña. Dice. Fue manipulada.
Una historia de la que se desprenden cantidad de lecciones. Personalmente me ayuda muchísimo a explicarme incluso situaciones cercanas, a recordar que no todo es blanco o negro y que precisamente en los matices de gris se esconde muchas veces la verdad.
Sigamos aprendiendo.
Julia


