Fragmentos de un interesante artículo de Natalia L. Calisti, publicado por Artemisa.
Me había dejado pensando mucho una conversación sobre este tema con mi hermana Inti, y luego Beatrice publicó en su blog un poema intenso sobre su experiencia.
El texto creo que amplía la reflexión y la lleva al necesario y humano balance de las cosas. Ojalá les interese a todos: hombres y mujeres, porque este tema no es sólo un tema de mujeres. Los hijos y las hijas son de todos, de todas, de la sociedad en su conjunto, y cómo se atienda su gestación, nacimiento y crianza es algo que nos compete a cada familia y comunidad.
Deseo, mandato, obligación. La primera semana de agosto es la Semana Mundial de la Lactancia Materna, un derecho de mujeres y niños que figura en las leyes pero no siempre está acompañado por la sociedad, que declama mucho y hace poco a la hora de apoyar a las madres que amamantan, sobre todo a las que trabajan, o a las que no pueden o quieren hacerlo.
Ana cumple un año en pocos días y no para de moverse. Revuelve los juguetes, los esparce por todo el cuarto, gatea de un lado al otro, se para con ayuda de la mamá. Vuelve del jardín maternal a las cinco de la tarde y antes de la siesta, da vuelta la casa y pide teta. Gisela se acomoda en un sillón, canchera, y amamanta hasta que la nena se queda dormida.
"La sensación es muy placentera -dice- y de entrega total. Pasarle el alimento a un hijo es una experiencia muy fuerte, de una generosidad absoluta. Y para Ana y para mi es como un juego en el que además, pasan un montón de cosas porque mientras se alimenta, Ana me mira, me mete la mano en la boca, me hace caricias en la espalda, me da un abrazo".
Cuando llega cansada, después de un día entero de jardín como el de hoy, se queda dormida prendida al pezón y sigue de largo hasta las ocho, que se despierta para la cena. "El pediatra ya me está diciendo que afloje un poco, pero ahora es cuando más le quiero dar", afirma Gisela y cuenta que la primera cosa que agarró Ana fue un collar que tenía puesto mientras amamantaba. Venía practicando, dice, movía los dedos, cerraba la mano pero no agarraba nada, ¡hasta que agarró el collar! Algo tan chiquito y tan grande como agarrar un collar con la mano, como agarrar algo por primera vez, pasó mientras Ana tomaba la teta.
Gisela lo cuenta y se le ilumina la cara y dice que el esfuerzo valió la pena, porque las primeras mamadas fueron muy difíciles, "una dificultad inesperada -agrega-, porque ni las mamás ni las abuelas nos dicen que amamantar a veces duele, porque el bebé no se prende bien o porque se te agrietan los pechos, y que no todas las mujeres podemos hacerlo".
Gisela se sintió estafada. Lloraba la nena porque tenía hambre y lloraba la mamá porque le tenía que dar de comer y los pechos le sangraban y así y todo, insistió. "Me puse todas las cremas que me recetaron, seguí todos los consejos de la puericultora, las mamás de LACMAT y la mía y leí todos los libros que encontré sobre maternidad hasta que le encontré la vuelta, pero estoy segura de que lo que más ayudó fue que estaba convencida de que lo quería hacer". ¿Por qué? Duda.
"Yo estaba muy informada sobre todos los beneficios que tiene la leche materna para el bebé, pero creo que en mi se jugaba otra cosa, algo más fuerte que probablemente tenga que ver con cierto mandato social sobre lo que significa ser mamá y dar la teta, tener pechos grandes y alimentar".
Gisela insistió, "siempre era el último intento", lloró mucho y ahora amamanta en un sillón de su casa o en un bar o en el colectivo o donde sea que Ana se lo pida. Pero dice, está convencida, que si el dolor es más fuerte que las ganas, el esfuerzo no tiene sentido. "Mejor una mamadera bien dada y con amor, que una teta con sufrimiento", proclama. Aconseja también dar muchos consejos a las embarazadas y que prepararen el pezón antes de parir para que la prendida no sea tan difícil y que tengan el número de una puericultora o de las mamás de LACMAT, que son mujeres consejeras a la hora de amamantar, a mano. Y si nada de esto funciona, que elijan con libertad y sin sentirse malas madres, algo que parece una tontería pero que cala hondo en las mujeres puérperas que en un 90 por ciento inician la alimentación de sus bebés con lactancia materna exclusiva pero en más de la mitad de los casos, abandona antes de cumplir los primeros seis meses.
Más allá de las modas
Pese a que las estadísticas indican que son pocas las mamás que amamantan, los especialistas afirman que cada vez son más. Según las últimas mediciones del Ministerio de Salud de la Nación ( Argentina) , en 2001 sólo el 30 por ciento de los bebés tomaba leche materna como alimento único hasta el cuarto mes mientras que en 2004, esa proporción aumentó al 50 por ciento.
Las mismas encuestas oficiales indican que hace cinco años, apenas el 10 por ciento de las mamás amamantaba en forma exclusiva hasta el sexto mes, cifra que ascendió al 33 por ciento en la última medición.
Los números del 2005 van a ser los más recientes en el tema y si bien todavía no están tabulados, los datos preliminares indican un aumento leve pero constante entre quienes deciden dar el pecho, una elección altamente recomendada por organismos internacionales como el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y la Organización de la Salud (OMS) que hace años revindican la leche materna como el alimento más completo y nutritivo para un lactante.
"El bebé que se pone al pecho en la primera hora de vida recibe los beneficios nutricionales del calostro, que es como si fuera una vacuna universal que le transmite los anticuerpos de la madre al hijo y lo inmuniza", explica la oficial del área de salud y desarrollo infantil de UNICEF Argentina, María del Carmen Morasso, y no duda en afirmar que "la leche materna es el único alimento perfecto para los primeros 6 meses de vida".
"Es importante dejar que el bebe demande leche las veces que quiera para que la mamá produzca lo que él necesita y mantener la lactancia aún si se enferma, le agarra una diarrea o una bronquitis porque la leche materna tiene anticuerpos que fortalecen su sistema inmunológico en formación", continúa.
Morasso reconoce que las experiencias de amamantamiento no son todas felices y señala que hay momentos "cruciales" para que éstas sean exitosas como la preparación durante el embarazo, la adherencia durante los primeros meses y el apoyo sobre todo, a las mujeres que trabajan. "Si la mamá tiene dificultades o tiene miedos, que son muy comunes entre las primerizas y piensa, por ejemplo, que la leche que produce para el bebé no le va a alcanzar, tiene que estar sostenida por un equipo de salud fuerte que la contenga", dice.
Según UNICEF la leche materna asegura el desarrollo óptimo del bebé, especialmente del cerebro y el sistema inmunológico, y reduce el riesgo de que contraiga enfermedades como la diabetes juvenil, la obesidad, las alergias, el asma y los síndromes de mala absorción.
No obstante, las deserciones son muchas. ¿Por qué? Las razones son tantas como las historias personales, pero las que más se repiten son la falta de contención en el ámbito familiar y médico, la angustia que genera que el bebé no se pueda prender al pecho sin lastimar y la falta de apoyo hacia las mujeres que trabajan, que una vez vencida la licencia por maternidad de tres meses, tienen que volver al lugar de trabajo que, en la inmensa mayoría de los casos, no tiene un maternal incorporado.
Cecilia es una de esas mamás desertoras que no llegó al sexto mes y todavía lo dice con mucha angustia, a pesar de que Germán ya cumplió 28 años y fue un bebé (y es un hombre) sano. "Yo creí que era una cosa natural -dice- nunca pensé que me podía costar tanto". Cecilia la pasó mal. Para ella amamantar era todo un símbolo de la maternidad, una acción inherente al vínculo entre la mamá y el bebé. Pensaba que dar el pecho era una experiencia de goce y de improviso se encontró sola, con un bebé que no se prendía al pecho y cuando lo hacía, le lastimaba los pezones hasta sangrar.
"Hace 28 años, no había grupos de apoyo para mujeres que amamantaban o yo no los encontré. Mi marido y mi mamá trataban de ayudar, pero no había forma y al final, el pediatra me terminó aconsejando que le diera un poco de teta y un poco de mamadera". La estrategia mixta funcionó a medias, el bebé empezó a adelgazar, Cecilia se desesperó y a los tres meses volvió al profesorado donde estudiaba y donde no había ni maternal ni sala para lactantes donde dejar a Germán.
Ganó la mamadera y la mamá se sintió físicamente aliviada, pero con una frustración enorme. "Sentí que había perdido una batalla fundamental en mi vida -cuenta-. La publicidad, los medios de comunicación, las otras mujeres te venden una imagen de madre feliz que da el pecho y nadie te dice que no es fácil, que al principio cuesta. Nadie habla de eso, ni siquiera yo. Por alguna razón lo ocultas, como si no poder amamantar fuera una vergüenza".
El segundo bebé la encontró mejor preparada, con los tejidos más fuertes y la moral en alto. "Esta vez no fue tan difícil", afirma. El nene se prendió con más facilidad al pecho y lo amamantó durante los tres meses que duró la licencia, sin que mediaran las mamaderas.
Después volvió al colegio donde trabajaba como maestra y como la mayoría de las mamás que trabajan, lo dejaba en un jardín maternal con una mamadera para la tarde. Cecilia dice que nunca tuvo mucha leche y que amamantó los cinco meses que pudo hacerlo, que su cuerpo produjo. ¿Y el placer? "La verdad es que no tengo un registro de disfrute total como el que imaginaba que iba a tener", dice. Pero enseguida agrega que la sensación de frustración no se fue y cada tanto resurge en alguna sesión de terapia, aunque visto a la distancia y después de 28 años, Cecilia afirme que "lo importante es seguir la intuición, evitar las modas y darle bola a la voz interna que tenemos dentro y nos dice hasta donde seguir y cuando parar".
Teta vs trabajo
Amamantar es un derecho de las mujeres y de los niños y está protegido por la legislación nacional e internacional. Así al menos lo dicen las leyes, aunque la realidad sea otra. La Convención Internacional sobre los Derechos del Niño (CIDN), la Convención para la Eliminación de Todas Formas de Discriminación de la Mujer (CEDAW) y el Pacto Internacional sobre Derechos Económicos y Sociales, enfatizan, destacan y mencionan (en ese orden) el derecho a la lactancia materna y establecen que su implementación y la difusión de sus beneficios es obligación de los Estados firmantes, garantes últimos y excluyentes de los derechos humanos.
El convenio de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) para la Protección de la Maternidad -ratificado por el país en 1933- fija una licencia posterior al parto de al menos seis semanas y espacios para amamantar durante la vuelta a la actividad.
El convenio se articula con la Ley Nacional de Contrato de Trabajo que establece licencias por maternidad con goce de sueldo por 90 días en total y cede a la madre lactante, en el año posterior al nacimiento, dos descansos de media hora para amamantar o extraer la leche.
Pero la realidad es que después de los tres meses de licencia, la vuelta al trabajo dificulta la continuidad de la lactancia y las mamás que deciden mantenerla, terminan extrayéndose leche en el baño de la oficina a las corridas y en el mejor de los casos, guardándola en la heladera colectiva junto al yogurt del cadete y los restos de comida del medio día o en la heladera portátil que llevan y traen todos los días de la casa para recambiar el hielo y no cortar la cadena de frío.
Candelaria es fotógrafa y su experiencia es de las buenas, de esas que se cuentan con una sonrisa grande desde que empieza hasta que termina. "Para mi amamantar era algo tácito, algo natural que estaba muy unido a la idea de tener un hijo y que nunca me cuestioné", afirma y dice que en realidad, nunca pensó en el tema hasta que quedó embarazada de Lucio y entonces, se volvió una experta.
"Leí todo lo que encontré y me di cuenta de que lo mejor era darle el pecho. Elegí. La naturaleza es sabia, te prepara para que alimentes a tu hijo con lo que vos misma producís sobre todo los primeros seis meses, en los que le pasas los anticuerpos".
Lucio pasó el año y todavía amamantaba. A los 11 meses, la teta era el postre, dice la mamá, un mimo antes de irse a dormir. La lactancia no tuvo interrupciones: Candelaria trabaja en una de las pocas empresas que tiene un maternal incorporado para las mamás y con un llamado por teléfono entre una foto y otra, bajaba a darle el pecho.
"El maternal en el lugar de trabajo es clave -afirma-, porque el corte de la licencia de tres meses es terrible. Lo sufrís mucho. Y tener a tu bebé cerca es impagable, es una manera de mantener la conexión, de mantener un momento de intimidad con tu hijo que para mi era muy placentero". Candelaria dice que nunca tuvo miedo: ni al embarazo, ni al parto, ni a la lactancia. Y que en consecuencia, vivió todo con mucha naturalidad, de la mano de la intuición y de lo que pedía Lucio, primero desde la panza y después, desde la cuna.
"Mi mamá nos amamantó a los tres hasta que tuvo leche y yo con Lucio, hice lo mismo: la enfermera me lo trajo, el bebé se prendió enseguida y así seguimos, sin manuales". Dice que el relato de las madres es muy importante y a veces, determina una elección. Y que los primeros 15 días de pecho fueron un poco caóticos, porque Lucio no subía de peso y dormía menos de lo que tenía que dormir y como era muy grande, tenía que complementar con mamadera. Pero después las cosas se estabilizaron y se consolidó el vínculo, el primer vínculo, "el primer lenguaje que estableces con tu hijo".
¿Y cómo es ese lenguaje? ¿Qué sentías cuando amamantabas a tu bebé? "Te sentís inmortal. Poderosa. Te sentís una pachamama". Candelaria se devora el mundo. Para ella amamantar fue una prioridad y una elección que tomo sin presiones, sin miedo, con la misma naturalidad con la que se cuelga una cámara al hombro y dispara una foto.
Un poco de perspectiva
Ese es el secreto, que sea una elección. Eso dice y eso mismo repite la filósofa Diana Maffia, integrante del Instituto de Género de la Universidad de Buenos Aires y mamá de dos hijos, a los que amamantó el tiempo que pudo, entre una hora de cátedra y otra. "La lactancia es un proyecto de vida que si es elegido, es fantástico porque genera un vínculo muy intenso con el bebé que trasciende las cuestiones biológicas", destaca Maffia pero dice que históricamente, siempre estuvo atravesada por cuestiones políticas y económicas y que de elección autónoma, le quedó muy poco.
"En la época de las nodrizas no había conciencia sobre los beneficios que podía traer y las cortesanas de clase alta cedían la lactancia a otras mujeres porque tenían que estar disponibles sexualmente y el rol materno era menos importante que el rol sexual", explica.
Después de la Revolución Francesa la cosa cambió. La Nueva República apartó a las mujeres de la ciudadanía y las posicionó como mujeres reproductoras que tenían que poblar le France.
Las damas de leche dejaron de ser ponderadas y pasaron al carril de las mujeres de mal vivir, pobres, mercenarias, alcohólicas, sucias. Los chicos alimentados por nodrizas se volvían locos.
Los mecanismos de la Nueva República eran bastante explícitos. Si las mujeres no amamantaban a sus hijos, se les retiraba la cobertura social y la campaña a favor de la lactancia materna, tan en boga en la Francia de la época, hablaba de los peligros funestos de la nutrición mercenaria para que a nadie le quedaran dudas sobre cuál era la mejor elección.
Con el tiempo, dar el pecho al hijo propio se volvió tan natural como antes lo fuera la entrega a las damas de la leche hasta que otra revolución, esta vez industrial, cambió usos y costumbres y a mediados de 1960 Henri Nestlé, un químico que trabajaba en Frankfurt, empezó a comercializar el primer sucedáneo de la leche materna, una "proporción científicamente correcta de harina y leche de vaca que aporta todo lo que puede necesitarse".
Las leches de fórmula hicieron furor y después de la Segunda Guerra Mundial, invadieron todos los mercados primero, en los países industrializados y después, en los países en vías de desarrollo, promocionadas junto a la incorporación de las mujeres al mercado laboral. "Dar leche de formula o no, es bueno de acuerdo a la opinión de los laboratorios o del Estado", ironiza Maffia y advierte que la presión es la misma, hacia un lado o hacia el otro, y que la verdadera emancipación de las mujeres no está en dar una mamadera sino que cada una haga lo que quiera, lo que pueda o le parezca mejor y decida por si misma.
"Amamantar es una experiencia que para algunas es maravillosa y para otras, insoportable", concluye.
Los militantes de la lactancia materna afirman que las mamaderas reinaron durante varias décadas pero que en los últimos 25 años la tendencia se invirtió y cada vez son más las mujeres que optan por amamantar porque la ciencia probó que la naturaleza es más sabia y la leche de pecho es insustituible.
Maffia tiene otra explicación, más política, más económica, menos triunfalista, y afirma que la vuelta al pecho es parte de un retroceso conservador que proviene de los Estados Unidos, que también se hace visible en temas como la educación sexual y la salud reproductiva. "En épocas de crisis -dice-, las mujeres vuelven a hacerse cargo de las cuestiones ligadas a la supervivencia como tener hijos y amamantarlos o cuidar de los ancianos, porque tienen que ocupar los espacios en los que retrocedió el Estado".
Y repite como un mantra, "amamantar es maravilloso cuando es una elección".



9 comentarios:
"Solo el amor supera a la leche".
Recuerdo el decir de una gran empresa productora de excelentes alimentos para bebés: "La única diferencia entre (su marca de leche) y la materna, es el envase".
Creo que es algo muy personal por parte de la madre.
El problema se presenta entre las poblaciones marginadas, con poco o ningún acceso a sucedáneos o ignorancia sobre el tema.
Hoy día, la ciencia, la biotecnología y la investigación científica, junto con las grandes empresas productoras han puesto a disposición de madres y güilas magníficos productos, asesorías y desarrollo.
En esto como en casi todo, los "dogmas" son nocivos y tienden a causar confusión.
No se trata de hacer apologías de las latas de leche. La verdad lo mejor es la leche materna, pero se trata de no culpar a la que no puede por alguna razón...
qué me decís de la sociedad que te empuja a dar la teta y luego no te ayuda en nada para que tengás al baby cerca...y le podás dar...porque hay que ir al laburo?
teta que mano no cubre...
Está en la libertad, todo está en la libertad.
Tener útero, ovarios y trompas de falopio no obliga a ser madre, tener mamas no implica "tener" que alimentar al hijo, ser mujer no implica venir con manual de obligaciones preconcebido
Las latas de leche han salvado muchas vidas en tiempos de guerras, pestes y tragedias humanas.
y el poder elegir nos salva de la culpa por no poder cumplir con el papel esperado!
Leyeron el poema de Beatrice?
Es que precisamente de la culpa de no poder dar de mamar se trataba.
Tanta cosa "correcta" con la que una no puede cumplir, y entonces cargar con esa culpa...
Ese es el tema. En todo.
La culpa como generadora de psicopatologías
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